La voz de uno

“Encuentra tu voz”, suele ser el consejo más a mano de quienes se han metido, por vocación o porque no les ha quedado de otra, a consultores literarios. Dicen esto cuando hablan con los más bisoños, cuando no tienen más remedio que adoptar una posición de solvencia vital, como si los años vividos se hubieran traducido por necesidad en valiosísimas verdades transmisibles a quienes apenas empiezan su camino.

Yo, que disfruto mucho de moverme a contrapelo, tendré que invitar a mis lectores, sobre todo si son muy jóvenes y tienen la absurda idea de escribir, a desobedecer el tan sobado consejo de la voz propia y prepararse mejor para un camino en donde la voz propia es muchas voces, la realidad un hervidero de espejismos y la verdad una señorita muy guapa que no tiene el menor empacho en darnos calabazas.

Tengo la edad suficiente y las horas de escritura necesarias para darme cuenta de que la voz propia no existe. Todo lo que decimos sobre el papel se encuentra determinado, hasta cierto punto, por nuestras lecturas del mundo y de la literatura. Nuestro vocabulario, sintaxis y temas preferidos son la consecuencia natural de una vida vivida de un determinado modo y no de otro. ¿Y la libertad creadora? Serás más libre, es verdad, en la medida en que tus experiencias se multipliquen y ahonden, pero esa libertad, que no tiene por qué ser diferente a la libertad de elección que se nos presenta en el día a día, está determinada por el universo de las posibilidades. Uno no puede ir a un restaurante y pedir algo que el menú no incluye. Leer y vivir es ampliar ese menú, es liberarnos más, hacernos más evolucionando hacia ese gran misterio que son los días que vienen.   

Todo escritor es un imitador que roba lo que ama. Roba tú también sin culpas, haz tuyo lo que al ser dicho por alguien más resuena en ti con la sonoridad natural de los pensamientos propios. Juega a ser alguien más en lo que dices; lo que se ha dicho fue dicho para ti, tú eres el destinatario de aquellas palabras que reconoces en el fulgor de la inautenticidad que te reclama. Hurta a plena luz el oro de los poetas muertos. Renunciar a esta riqueza por el escrúpulo gazmoño de los defensores de la originalidad ha sido siempre una elección trágica.

Los poemas son hijos de los poemas, los libros son hijos de los libros, las historias son gajos de una misma historia. La obra que nace es pura gestualidad prolongada sobre la página, extensión teatral de una impostura que busca engañar lo que uno ve sobre la mentirosa limpidez de los espejos. Ese yo que escribe, que va trazando renglones bajo el impulso ebrio de una urgencia del espíritu, es otro yo, un simulacro consciente que se asume obrero de las letras, oficiante de un ritual antiguo; nada de lo que digo, ¡gracias a Dios! resulta en modo alguno novedoso. La buena literatura no es sino vulgaridad disimulada. Ser escritor es adscribirnos con señorío y voluntad al idioma de una estirpe; no hay revoluciones en los dominios literarios, hay resurrección.

La singularidad es la ambición esnob de quien no ha sabido comprender la vida en su vida, el tiempo en los días de su semana, el espíritu de la época en la recurrente aparición de sus prejuicios. Separados ya de este malentendido, acontece la paradoja dulce de sabernos la actualización de un destino; nos ponemos entonces a las órdenes de un magisterio literario que nos abre camino en medio de la selva y avanzamos, como el bueno de Menard, descubriendo con asombro el mapa de una realidad que solo se rehace en quien la mira sin pedirle nada a cambio. No se puede ser escritor si no recuperamos antes la inocencia perdida.  

La voz de uno es una trampa, el ideal monolítico del pensamiento unívoco del que brotan también las pesadillas del dogma y la ideología. No hay sentido alguno en buscar la peculiaridad en un mundo que pervive en sus plagios y sus imitaciones sin fin; todo lo que hemos pensado ya ha sido pensado, todo lo que se nos presenta revestido del destello de lo primigenio es tan viejo como el fuego de la tierra y las estrellas del cielo. Está bien así. No emprendas luchas insensatas ni busques entre las palabras algo que no sea causa y efecto de los hombres.

Si a pesar de saber todo esto sigues en tu empeño de escribir, tienes delante de ti una tarea digna del héroe. Debes estar dispuesto a dar la vida por minucias, a vivir entre los pobres con la mirada puesta en los prodigios que nos provee día a día la simpleza; eso te basta para transitar la vida de una a otra orilla. Sabrás entonces que tu espíritu tutelar es un ángel sin alas, el eco de una misma voz, la sustancia que ha hecho todas las tragedias y milagros del mundo. Eres escritor porque has sabido escuchar sin arrogancia, porque has comprendido la primacía de los sabios que fueron, el impulso vital de nuestra especie. Escribir, sábelo bien, es volver siempre al llamado de un hogar que no recordamos, pero que sabemos muy bien existió alguna vez en alguna parte, en algún tiempo antes del tiempo. El escritor, resignado a las frágiles sustancias de su oficio, va dispuesto siempre a perderse, por eso es por lo que se encuentra a sí mismo a cada rato, porque se ha dejado llenar por la música del universo y su tarea es modular la melodía de un mismo aliento. La carne es un accidente, los sentidos son una constante distracción, la historia es una pesadilla arbitraria que nos separa y condena. Escribir es despertar y ser de nuevo lo que fuimos, criaturas sin pasado ni destino propios obligadas como Adán a levantar el índice para nombrar el orden de las maravillas que nos envuelven.

La voz de uno es la voz de todos. Tú me lees ahora, tú dices por vez primera todas estas cosas.