La voz de uno

“Encuentra tu voz”, suele ser el consejo más a mano de quienes se han metido, por vocación o porque no les ha quedado de otra, a consultores literarios. Dicen esto cuando hablan con los más bisoños, cuando no tienen más remedio que adoptar una posición de solvencia vital, como si los años vividos se hubieran traducido por necesidad en valiosísimas verdades transmisibles a quienes apenas empiezan su camino.

Yo, que disfruto mucho de moverme a contrapelo, tendré que invitar a mis lectores, sobre todo si son muy jóvenes y tienen la absurda idea de escribir, a desobedecer el tan sobado consejo de la voz propia y prepararse mejor para un camino en donde la voz propia es muchas voces, la realidad un hervidero de espejismos y la verdad una señorita muy guapa que no tiene el menor empacho en darnos calabazas.

Tengo la edad suficiente y las horas de escritura necesarias para darme cuenta de que la voz propia no existe. Todo lo que decimos sobre el papel se encuentra determinado, hasta cierto punto, por nuestras lecturas del mundo y de la literatura. Nuestro vocabulario, sintaxis y temas preferidos son la consecuencia natural de una vida vivida de un determinado modo y no de otro. ¿Y la libertad creadora? Serás más libre, es verdad, en la medida en que tus experiencias se multipliquen y ahonden, pero esa libertad, que no tiene por qué ser diferente a la libertad de elección que se nos presenta en el día a día, está determinada por el universo de las posibilidades. Uno no puede ir a un restaurante y pedir algo que el menú no incluye. Leer y vivir es ampliar ese menú, es liberarnos más, hacernos más evolucionando hacia ese gran misterio que son los días que vienen.   

Todo escritor es un imitador que roba lo que ama. Roba tú también sin culpas, haz tuyo lo que al ser dicho por alguien más resuena en ti con la sonoridad natural de los pensamientos propios. Juega a ser alguien más en lo que dices; lo que se ha dicho fue dicho para ti, tú eres el destinatario de aquellas palabras que reconoces en el fulgor de la inautenticidad que te reclama. Hurta a plena luz el oro de los poetas muertos. Renunciar a esta riqueza por el escrúpulo gazmoño de los defensores de la originalidad ha sido siempre una elección trágica.

Los poemas son hijos de los poemas, los libros son hijos de los libros, las historias son gajos de una misma historia. La obra que nace es pura gestualidad prolongada sobre la página, extensión teatral de una impostura que busca engañar lo que uno ve sobre la mentirosa limpidez de los espejos. Ese yo que escribe, que va trazando renglones bajo el impulso ebrio de una urgencia del espíritu, es otro yo, un simulacro consciente que se asume obrero de las letras, oficiante de un ritual antiguo; nada de lo que digo, ¡gracias a Dios! resulta en modo alguno novedoso. La buena literatura no es sino vulgaridad disimulada. Ser escritor es adscribirnos con señorío y voluntad al idioma de una estirpe; no hay revoluciones en los dominios literarios, hay resurrección.

La singularidad es la ambición esnob de quien no ha sabido comprender la vida en su vida, el tiempo en los días de su semana, el espíritu de la época en la recurrente aparición de sus prejuicios. Separados ya de este malentendido, acontece la paradoja dulce de sabernos la actualización de un destino; nos ponemos entonces a las órdenes de un magisterio literario que nos abre camino en medio de la selva y avanzamos, como el bueno de Menard, descubriendo con asombro el mapa de una realidad que solo se rehace en quien la mira sin pedirle nada a cambio. No se puede ser escritor si no recuperamos antes la inocencia perdida.  

La voz de uno es una trampa, el ideal monolítico del pensamiento unívoco del que brotan también las pesadillas del dogma y la ideología. No hay sentido alguno en buscar la peculiaridad en un mundo que pervive en sus plagios y sus imitaciones sin fin; todo lo que hemos pensado ya ha sido pensado, todo lo que se nos presenta revestido del destello de lo primigenio es tan viejo como el fuego de la tierra y las estrellas del cielo. Está bien así. No emprendas luchas insensatas ni busques entre las palabras algo que no sea causa y efecto de los hombres.

Si a pesar de saber todo esto sigues en tu empeño de escribir, tienes delante de ti una tarea digna del héroe. Debes estar dispuesto a dar la vida por minucias, a vivir entre los pobres con la mirada puesta en los prodigios que nos provee día a día la simpleza; eso te basta para transitar la vida de una a otra orilla. Sabrás entonces que tu espíritu tutelar es un ángel sin alas, el eco de una misma voz, la sustancia que ha hecho todas las tragedias y milagros del mundo. Eres escritor porque has sabido escuchar sin arrogancia, porque has comprendido la primacía de los sabios que fueron, el impulso vital de nuestra especie. Escribir, sábelo bien, es volver siempre al llamado de un hogar que no recordamos, pero que sabemos muy bien existió alguna vez en alguna parte, en algún tiempo antes del tiempo. El escritor, resignado a las frágiles sustancias de su oficio, va dispuesto siempre a perderse, por eso es por lo que se encuentra a sí mismo a cada rato, porque se ha dejado llenar por la música del universo y su tarea es modular la melodía de un mismo aliento. La carne es un accidente, los sentidos son una constante distracción, la historia es una pesadilla arbitraria que nos separa y condena. Escribir es despertar y ser de nuevo lo que fuimos, criaturas sin pasado ni destino propios obligadas como Adán a levantar el índice para nombrar el orden de las maravillas que nos envuelven.

La voz de uno es la voz de todos. Tú me lees ahora, tú dices por vez primera todas estas cosas.  

No a nosotros

Convencidos de que la tragedia no nos tocará, los seres humanos nos echamos a la vida con la convicción de que podremos volver a casa intactos, o en el peor de los casos con unas dos o tres heridas de combate, pero indiscutiblemente vivos. Esta ilusión es necesaria para poder enfrentar la aplastante complejidad de la existencia. Esta confianza ciega en la perduración personal nos hace mantener la cordura ante el sinsentido total que es vivir sabiendo que solo vivimos para la muerte. ¿Qué haríamos si de verdad nos pusiéramos a pensar en la extinción de nuestra conciencia personal? ¿Qué color adquiría la vida si asumiéramos el absurdo vital con todas sus consecuencias? Ni siquiera sé si esto es posible, al menos entre la mayoría; no me es ajeno el hecho de aquellos dos o tres “iluminados” que habiéndolo comprendido todo no tuvieron más alternativa que lanzarse al vacío para acabar con toda esta farsa.

Pero a mí me gusta vivir, y mucho. No he dejado de padecer en mis carnes los aguijones de la injusticia, la frustración, la enfermedad y tantos otros contratiempos que tiene este asunto de estar vivos. Eso poco importa, lo verdaderamente necesario es abrir los ojos, moverse, respirar; sé que ahora escribo estas cosas y que mañana no estaré, pero es el aquí y el ahora, este pedazo simple de tiempo y materia que tengo para mí lo que verdaderamente importa. No me cansaré de buscar edificar mi felicidad en esta porción milagrosa de la historia universal llamada instante.

Pienso en todo esto a la luz de la pandemia, ese mal invisible, ubicuo y subestimado. Pienso en cómo nuestra predisposición psicológica a la inmortalidad nos hace contemplar las estadísticas, siempre impersonales, con una indiferencia absoluta, seguros de que los muertos siempre pertenecen a otras familias; es como si el dolor de la pérdida definitiva se tratara de una tragedia remota en la que nada tuviéramos que ver nosotros. Lamentablemente no es así, pero no basta saberlo, además hay que vivirlo para que el aguijón de semejante sufrimiento se concentre como un rayo de sol en nosotros y entonces sintamos en nuestra propia carne lo que tantos otros han sentido antes. La empatía, al parecer, es un arte difícil en nuestra era.

Con Camus he llegado a una conclusión de claroscuros: la vida no tiene sentido si la atacamos desde la racionalidad, pero se convierte en un disfrute perpetuo si valoramos la experiencia de la belleza, el amor y la verdad implícita en la presencia de los demás, quienes nos acompañan en el viaje. Por eso es por lo que es un alto deber el cuidarnos los unos a los otros, ser fieles al pacto de la vida en común que nos ha tocado en suerte. El ensimismamiento nos condena al absurdo doloroso de enfrentar la incertidumbre sin más fuerza que el instinto.

“No a nosotros”, pensamos para engañarnos, desconociendo voluntariamente la realidad. Tal vez si diéramos el salto necesario, ese que nos lleva hasta la otra orilla, donde mora la fraternidad, pudiéramos reconocer la fuerza de una obligación que nos protege a todos por igual. Más allá de la soberbia del individualismo existe una obligación común de protección, trabajo y responsabilidad sociales. Ignorar esto no solo es negar lo obvio sino además, y esto es lo trágico, arrojar piedras sobre nuestro propio tejado.

Del dolor

Vivir duele. Esto es algo de lo que hoy en día se prefiere no hablar; se escribe mucho sobre el placer, sobre la victoria, sobre el éxito, pero nada o casi nada sobre algo que es tan común como el apetito, el cansancio o el deseo: el dolor. Vivir entraña, además, enfrentar una noción maravillosa y terrible: todos moriremos. Nuestra mortalidad delimita claramente nuestros días en la tierra, lo que hace posible que esos días adquieran un carácter trascendente; por otro lado, saber que un día no estaremos aquí ha sido fuente de no poca angustia. Hay algo peor, en nuestra vida tenemos que ver cómo las personas que más queremos van entrando en un proceso de decadencia irreversible que concluye siempre en lágrimas de despedida. La existencia humana tiene una herida abierta en el costado: somos hijos del tiempo. Como bien dice el poeta texcocano Nezahualcoyotl: “Como pinturas nos iremos borrando”. Cuando éramos inocentes no pertenecíamos a ese tiempo, pero al volvernos conscientes despertamos, abrimos los ojos y comprendemos que no somos ángeles sino criaturas hechas desde el barro, al que habremos de volver; polvo eres y en polvo te convertirás: pulvis es et in pulverum reverteris.

Sin embargo, no quiero decir con esto que debemos pasar la vida inmovilizados por el terror de nuestra mortalidad. ¡Todo lo contrario! De lo que hablo es de asumir ese “Olvidado asombro de estar vivos”, como dijera el poeta mexicano Octavio Paz. Si al final de nuestros días nos espera el misterio indescifrable de la muerte, que este momento que habito hoy, el presente, se vuelva pura intensidad, efervescencia de la conciencia material y espiritual, voluntad, entusiasmo, inteligencia y emoción.  

No podemos detenernos, vamos en el tiempo. Debemos aceptar lo que trae la vida, sea esto un mero accidente (una tragedia, por ejemplo) o la consecuencia directa de nuestras propias acciones. A todos se nos ha de plantear alguna vez la imposibilidad de cambiar un escenario terrible en el que debemos enfrentar el dolor sin poder hacer nada por evitarlo; lejos de proponerte apretar los dientes y resistir estoicamente el martirio, quiero recordarte algo tan lógico como poco recordado por el que sufre: las lágrimas de hoy han de ser las risas del mañana (y viceversa). El mundo es lo que es y nosotros en él no podemos evitar algunas amarguras. Como el clima cambia con los días, los dolores también se disipan y abren camino a nuevos soles, a nuevas esperanzas.      

No existe mayor torpeza que querer una vida indolora. Es absurdo e implica un error trágico: ignorar que solo a través del sufrimiento podemos conocer los alcances de nuestra capacidad de resistencia. Sin este conocimiento no podemos comprender el poder que crece, como un manantial invisible, en el centro de nuestra propia existencia; los que viven en una burbuja son flores de invernadero, algo que separado del mundo persiste en la irrealidad. Los seres humanos no hemos sido hechos para la huida infinita, sino para hacernos lenta y dolorosamente en la confrontación de nuestras más terribles dificultades. Un hombre muere y resucita muchas veces a lo largo de una vida. He aquí el secreto del que algunos jamás se enteran: siempre hay una siguiente oportunidad.    

Tiempo perdido

Me gusta estudiarme a mí mismo porque creo que soy un hombre ordinario, lo que quiere decir que al estudiarme a mí estoy estudiando también a todos los hombres: algo del mundo debe ser parte mía, de lo que hago y digo, lo que pienso y siento, lo que imagino y sueño siempre. Pues bien, observándome me he dado cuenta de algo: existe una distancia enorme entre lo que proyecto en mi mente y lo que hago. Yo, que insisto tanto en el poder de la acción, suelo ser un gran procrastinador; es algo que no me envanece, por supuesto, pero no puedo negar lo que es evidente.

Esto tiene una consecuencia funesta: pierdo demasiado tiempo. ¿Por qué sucede esto? Ahora sé la respuesta: porque me siento más fuerte que la vida misma y creo que puedo organizarlo todo desde mi cabecita; esto evidentemente no es así, pero lo sigo creyendo. ¿Quiere decir esto que estoy hablando de una enfermedad que no tiene cura? ¡Para nada! Hay una solución y es tan sencilla que me sonrojo un poco al reconocer que la ignoré durante años. Se trata de trabajar en torno al tiempo que tenemos, organizando nuestras acciones en virtud de una meta; sí, estoy ya lo he dicho antes, pero me falta agregar algo más: debemos asumir nuestros actos como parte del sistema en que tratamos de convertir nuestras vidas.

La optimización del tiempo (el recurso más importante y escaso) es fundamental para que el sistema funciones; me gusta decir que el acto es el combustible mismo de ese sistema. Pues bien, sin esta organización jerárquica de acciones alineadas, estamos desperdiciando tiempo y energía; no es casualidad que lleguemos a la cama por la noche totalmente agotados y con las manos vacías.

No hay nada glamouroso en esto que digo, tal vez por eso lo ignoramos. No interpela el universo de nuestras emociones; es muy fácil despistarnos en el camino, renunciando a hacer lo que debemos porque las tentaciones de la distracción se encuentran por todos lados. Quisiera tener una respuesta más “cool”, como se decía en mis tiempos, pero no la tengo y creo, modestia aparte, que no la hay. Una amiga me pedía que la ayudara a administrar su tiempo. Hicimos juntos un calendario, le compartí una aplicación del celular (Focus Keeper) que utilizo y que me ayuda a concentrarme en mis tareas y listo, pusimos manos a la obra; el asunto fue mal, muy mal; mi amigo me dijo que simplemente no podía, que abría la computadora y perdía horas en las redes sociales. Le dije que las borrara o las bloqueara temporalmente, pero me dijo que eso es algo que no estaba dispuesto a hacer. Me di cuenta de que estaba perdiendo mi tiempo, así que me encogí de hombros y seguí mi camino. Nadie podrá hacer por ti lo que tú mismo no estás dispuesto a hacer.

No digo que todos tienen que vivir como vivo yo, eso sería una locura; lo que digo es algo muy diferente: no he encontrado otra forma de cumplir a tiempo, con eficiencia y calidad con mis proyectos que el mantener en todo momento una disciplina que aprendí en las horas de escritura cotidiana. Vivir es como escribir, colocamos una palabra detrás de la otra hasta que tenemos en las manos un texto terminado; no hay otra manera de trabajar exitosamente que la repetición convencida de acciones que sabemos de antemano funcionan. Si no funcionan, pues las cambiamos por otras que funciones, así de simple es todo esto.

Libres, radicalmente libres

No somos algo, estamos siendo algo. No estamos determinados por el pasado, ni avanzamos trágicamente hacia un destino: entre las circunstancias que nos rodean y nuestros actos se levanta un fuego poderoso, el de nuestra voluntad. Lo diré hasta que me muera, creo en esto, quiero encarnar esto en mi vida, quiero vivir y morir por esta idea luminosa de libertad absoluta y personal. Nunca es demasiado tarde, ni demasiado pronto; nunca lastra tanto el pasado el esfuerzo del que quiere nacer de nuevo, una y otra vez, como una flor de esperanza que se levanta desde un cúmulo de ruinas.

A mis años he visto a muchas personas renunciando a esto y no lo comprendo. Prefieren la seguridad de la costumbre, el paraguas protector de un sistema de creencias que han heredado de sus padres y abuelos, que no se atreven a cuestionar ni por asomo, ¿por qué? Se están condenando a una vida grisácea y pegajosa, al tedio y la amargura, a la desesperación final de quien ve de frente a la muerte con la culpa de no haber hecho, por cobardía o pereza, lo que era menester.

En cuanto a mí, que en mi caso es lo único que me importa porque es lo único sobre lo que tengo potestad, planeo llegar a la sepultura completamente roto, deshecho enteramente por haberlo dado todo, con convicción y temeridad, seguro de que no hay sentido alguno en reservarse nada, ¿para qué? Es en vano la precaución cuando tenemos sobre nosotros una doble certeza: moriremos y cometeremos errores.

No vengo a proponerme aquí como el más “macho” de los hombres, pero no quiero escamotearle una coma a lo que creo. Tengo miedo, sí, muchas veces, pero siempre me arrojo a ese vacío que es la vida, seguro de que algo se me habrá de ocurrir en la caída…y se me ocurre. Pasa algo: la vida es dinamismo puro. No hay derrotas ni victorias que permanezcan para siempre; así como cambia el clima, cambia también el color de los días, es decir, las circunstancias. Siempre vuelven las oportunidades para quien se mantiene alerta, para quien no se esconde debajo de la cama o huye a “salvarse” del mundo metido en una cueva, la cueva de su propio orgullo. Cervantes tenía razón: donde se cierra una puerta, se abren mil ventanas.

No sé qué pasará mañana, no me interesa. Sé lo que debo hacer hoy, eso me basta. Escribo esto en la cama, estoy enfermo y agotado después de una larga jornada; voy a enviar este mensaje y luego me dormiré para recuperar las energías y comenzar de nuevo antes de que salga el sol. Como el hombre de la parábola bíblica, voy a jugarme los talentos de acuerdo con mi inteligencia, esperando siempre lo mejor, aunque preparado en todo momento para el natural advenimiento de la derrota. Ni el aplauso me embriaga, ni el abucheo me derrota: sigo caminando, qué más, soy un hombre libre, un simple mortal, un peregrino de este hermoso y arduo camino por el que vamos todos. ¡Rendirse no es buen plan!

Esto nunca fue el futuro

Escribo este libro a mano, contrario a lo que es mi costumbre de usar todo el tiempo mi laptop. Hay una razón para esto: quiero que este sea el más honesto y personal de todos los textos que he escrito. Pido a Dios me conceda lograrlo.

Si estás leyendo este libro es muy probable que no te guste lo que ves cada mañana en el espejo. No me refiero a tu apariencia, que eso aquí es poco relevante, sino a tu mirada; en ella aparecen todos los años vividos, las horas idas, las expectativas que nunca consiguieron realizarse. Es decir, es muy probable que te encuentres en un momento de tu vida en el que el peso de los años vividos comience a ser un lastre que vuelve difícil la marcha de los días.

En ese espejo miras tu rostro como en un pozo al que te asomas buscando una respuesta: ¿Dónde han quedado todos mis sueños? ¿Cómo es que he llegado hasta este punto? ¿Era este el futuro que alguna vez visualicé en mi mente? ¿Esto es lo que se conoce como derrota? ¿Es esto lo que he de vivir el resto de mi vida? ¿Vale la pena hacerme estas preguntas? ¿Es esto lo que me toca vivir o todavía puedo cambiarlo?

Todas estas preguntas obedecen a una sola realidad: la pérdida de sentido. Con esto quiero decir que se ha perdido la noción de rumbo o de dirección en la vida; te encuentras como confundido, sin fuerzas y sin capacidad para comprender el mundo que te rodea. No hay una brújula interior que te indique para dónde hay que caminar, hacia dónde debes dirigir tus energías. Por otro lado, esa pérdida de sentido implica también la ausencia de toda razón, lo que comúnmente se conoce como sinsentido o absurdo; por ello es que  por más esfuerzos que hagas no alcanzas a encontrar la punta de la hebra de esa madeja enredada que son tus días. Por último, la ausencia de sentido tiene que ver con la insensibilidad o adormilamiento de tu persona; entre la vida y tú mismo se ha levantado una especie de muro impalpable que te genera una sensación de separación o dolorosa distancia insalvable. La experiencia de la vida ya no te provee ese cúmulo de sabores que solías experimentar cuando eras más jóvenes. Tal es la condición de tu agobio, por eso luchas por reconocerte. Te falta el aire: estas muriendo.

De entre todas las emociones negativas que te agobian, seguramente la más severa sea la de sentir que no has podido expresar todavía una verdad profunda que te acompaña desde hace mucho tiempo. Esto genera en ti una enorme frustración que no hace sino amplificar la confusión desesperante en que se ha convertido tu vida, sobre todo durante algunos momentos del día: al despertar, al esperar que el semáforo cambie del rojo al verde o en esos instantes de absoluta soledad con uno mismo que anteceden el sueño.

¿Qué vida puede ser aquella en la que la persona no tiene voz para expresar libremente aquello que lo inunda por dentro? Ciertamente no una vida en la que uno se sienta cómodo. Es que somos esencialmente seres comunicadores, animales de proyectos continuos; cuando las puertas que nos conducen al otro se encuentran selladas, nuestra vida languidece, como les sucede a las plantas a las que no les permiten el acceso al aire fresco o a la energía que viene con la luz del sol. Reestablecer un contacto profundo con los demás es un asunto de vida o muerte.

Cuando esto sucede, regularmente no nos percatamos de la causa de todo este desbarajuste emocional. Carecemos de los recursos intelectuales suficientes para comprender todas esas cosas que nos pasan; esto me recuerda la adolescencia, que también implica una ruptura entre las posibilidades concretas de la persona y su entorno. Lo más sencillo es siempre “echar balones fuera”, así que tendemos a culpar a los demás: ellos son los que no nos comprenden. ¿Quiénes son ellos? Todo el mundo, comenzando con los más próximos a nosotros: la familia.

El malentendido se prolonga a lo largo de los días, las semanas, los meses y los años. Es un círculo pernicioso que muy bien se puede prolongar a lo largo de toda una vida. Lo diré desde este momento para que quede claro: aquí el único responsable eres tú mismo, por eso es por lo que este libro va dirigido a ti y no a los demás. Ser adulto es darse cuenta de esta verdad, asumirla y trabajar para que las cosas cambien. De esto van todas estas páginas, de la posibilidad de realizar cambios fundamentales en nuestra vida. Así de simple y de complejo, así de maravilloso.

Estamos, pues, frustrados, ignoramos que somos responsables de esta situación confusa en la que nos encontramos, por si fuera poco, tendemos a encerrarnos cada vez más en la realidad asfixiante de nuestro mundo interior. Así la cosa.

Esto que voy describiendo es la realidad de millones de personas que van sobreviviendo, decantando en su interior una ponzoña que terminará tarde o temprano por matarlos.

A pesar de este escenario tan desolador yo creo que esta “crisis del espejo” es una enorme posibilidad que no podemos dejar pasar. Me explico: saber que la realidad que estamos viviendo es dolorosa nos impulsa a realizar cambios; es como el dolor que nos provoca un objeto punzante o el fuego. Es un sistema de alerta diseñado para protegernos. Lo mismo podemos decir del asco existencial, aunque no todos seamos conscientes de ello.

Frente a la crisis podemos optar, pues, por la indiferencia (el camino que inexplicablemente elige la mayoría) o, por lo contrario, decidir reaccionar con coraje y honor, como lo haría todo aquel que conoce la importancia que tiene su vida para sí mismo y para los demás. En el siguiente apartado hablo de los derrotados, los débiles que asumen sin queja el horror que ellos mismos han creado.

La sonrisa

Quiero llevar a todos lados mi sonrisa,
como una moneda de oro en el bolsillo
que siento al caminar,
como un recuerdo de lluvia en el desierto,
como las horas más dulces del primer amor,
como la medialuna del gato de Cheshire.
Quiero llevar la sonrisa en mis palabras,
en la radical simplicidad que busco
-tarea imposible,
en los ojos con que veo
al que me está viendo verlo.

Soy humano,
moriré pronto,
pero tengo hoy al menos
esta hora puntual de irme haciendo viejo
comprendiendo que nada de esto es realmente serio;
no me salvo en el esfuerzo,
no me redimen las fuerzas de una luz
cuya raíz se hunde en otros mundos.
Está bien así, no quiero más,
lo tengo todo.
Acepto sin litigar ni una sílaba
de este convenio mío con la muerte.

Pero,
mientras son peras o manzanas,
tengo la fuerza de reír gratuitamente,
sin dolores ya,
a mis anchas,
un poco animal en libertad,
desatadas ya todas las cuerdas
que alguna vez unieron a tierra firme
esta barca,
a veces alegre,
a veces triste,
que llamamos corazón.

El mundo es lo que es
y lo seguirá siendo,
aunque insistamos
en voltear para otro lado
con tal de no darnos cuenta,
aunque echemos la mente a volar
para inventar historias imposibles
teorías, dioses y misterios.

Te diré el secreto de todos estos siglos:
la ridiculez habita entre los furiosos,
sonreír es todo lo que importa.