No a nosotros

Convencidos de que la tragedia no nos tocará, los seres humanos nos echamos a la vida con la convicción de que podremos volver a casa intactos, o en el peor de los casos con unas dos o tres heridas de combate, pero indiscutiblemente vivos. Esta ilusión es necesaria para poder enfrentar la aplastante complejidad de la existencia. Esta confianza ciega en la perduración personal nos hace mantener la cordura ante el sinsentido total que es vivir sabiendo que solo vivimos para la muerte. ¿Qué haríamos si de verdad nos pusiéramos a pensar en la extinción de nuestra conciencia personal? ¿Qué color adquiría la vida si asumiéramos el absurdo vital con todas sus consecuencias? Ni siquiera sé si esto es posible, al menos entre la mayoría; no me es ajeno el hecho de aquellos dos o tres “iluminados” que habiéndolo comprendido todo no tuvieron más alternativa que lanzarse al vacío para acabar con toda esta farsa.

Pero a mí me gusta vivir, y mucho. No he dejado de padecer en mis carnes los aguijones de la injusticia, la frustración, la enfermedad y tantos otros contratiempos que tiene este asunto de estar vivos. Eso poco importa, lo verdaderamente necesario es abrir los ojos, moverse, respirar; sé que ahora escribo estas cosas y que mañana no estaré, pero es el aquí y el ahora, este pedazo simple de tiempo y materia que tengo para mí lo que verdaderamente importa. No me cansaré de buscar edificar mi felicidad en esta porción milagrosa de la historia universal llamada instante.

Pienso en todo esto a la luz de la pandemia, ese mal invisible, ubicuo y subestimado. Pienso en cómo nuestra predisposición psicológica a la inmortalidad nos hace contemplar las estadísticas, siempre impersonales, con una indiferencia absoluta, seguros de que los muertos siempre pertenecen a otras familias; es como si el dolor de la pérdida definitiva se tratara de una tragedia remota en la que nada tuviéramos que ver nosotros. Lamentablemente no es así, pero no basta saberlo, además hay que vivirlo para que el aguijón de semejante sufrimiento se concentre como un rayo de sol en nosotros y entonces sintamos en nuestra propia carne lo que tantos otros han sentido antes. La empatía, al parecer, es un arte difícil en nuestra era.

Con Camus he llegado a una conclusión de claroscuros: la vida no tiene sentido si la atacamos desde la racionalidad, pero se convierte en un disfrute perpetuo si valoramos la experiencia de la belleza, el amor y la verdad implícita en la presencia de los demás, quienes nos acompañan en el viaje. Por eso es por lo que es un alto deber el cuidarnos los unos a los otros, ser fieles al pacto de la vida en común que nos ha tocado en suerte. El ensimismamiento nos condena al absurdo doloroso de enfrentar la incertidumbre sin más fuerza que el instinto.

“No a nosotros”, pensamos para engañarnos, desconociendo voluntariamente la realidad. Tal vez si diéramos el salto necesario, ese que nos lleva hasta la otra orilla, donde mora la fraternidad, pudiéramos reconocer la fuerza de una obligación que nos protege a todos por igual. Más allá de la soberbia del individualismo existe una obligación común de protección, trabajo y responsabilidad sociales. Ignorar esto no solo es negar lo obvio sino además, y esto es lo trágico, arrojar piedras sobre nuestro propio tejado.

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