Tiempo perdido

Me gusta estudiarme a mí mismo porque creo que soy un hombre ordinario, lo que quiere decir que al estudiarme a mí estoy estudiando también a todos los hombres: algo del mundo debe ser parte mía, de lo que hago y digo, lo que pienso y siento, lo que imagino y sueño siempre. Pues bien, observándome me he dado cuenta de algo: existe una distancia enorme entre lo que proyecto en mi mente y lo que hago. Yo, que insisto tanto en el poder de la acción, suelo ser un gran procrastinador; es algo que no me envanece, por supuesto, pero no puedo negar lo que es evidente.

Esto tiene una consecuencia funesta: pierdo demasiado tiempo. ¿Por qué sucede esto? Ahora sé la respuesta: porque me siento más fuerte que la vida misma y creo que puedo organizarlo todo desde mi cabecita; esto evidentemente no es así, pero lo sigo creyendo. ¿Quiere decir esto que estoy hablando de una enfermedad que no tiene cura? ¡Para nada! Hay una solución y es tan sencilla que me sonrojo un poco al reconocer que la ignoré durante años. Se trata de trabajar en torno al tiempo que tenemos, organizando nuestras acciones en virtud de una meta; sí, estoy ya lo he dicho antes, pero me falta agregar algo más: debemos asumir nuestros actos como parte del sistema en que tratamos de convertir nuestras vidas.

La optimización del tiempo (el recurso más importante y escaso) es fundamental para que el sistema funciones; me gusta decir que el acto es el combustible mismo de ese sistema. Pues bien, sin esta organización jerárquica de acciones alineadas, estamos desperdiciando tiempo y energía; no es casualidad que lleguemos a la cama por la noche totalmente agotados y con las manos vacías.

No hay nada glamouroso en esto que digo, tal vez por eso lo ignoramos. No interpela el universo de nuestras emociones; es muy fácil despistarnos en el camino, renunciando a hacer lo que debemos porque las tentaciones de la distracción se encuentran por todos lados. Quisiera tener una respuesta más “cool”, como se decía en mis tiempos, pero no la tengo y creo, modestia aparte, que no la hay. Una amiga me pedía que la ayudara a administrar su tiempo. Hicimos juntos un calendario, le compartí una aplicación del celular (Focus Keeper) que utilizo y que me ayuda a concentrarme en mis tareas y listo, pusimos manos a la obra; el asunto fue mal, muy mal; mi amigo me dijo que simplemente no podía, que abría la computadora y perdía horas en las redes sociales. Le dije que las borrara o las bloqueara temporalmente, pero me dijo que eso es algo que no estaba dispuesto a hacer. Me di cuenta de que estaba perdiendo mi tiempo, así que me encogí de hombros y seguí mi camino. Nadie podrá hacer por ti lo que tú mismo no estás dispuesto a hacer.

No digo que todos tienen que vivir como vivo yo, eso sería una locura; lo que digo es algo muy diferente: no he encontrado otra forma de cumplir a tiempo, con eficiencia y calidad con mis proyectos que el mantener en todo momento una disciplina que aprendí en las horas de escritura cotidiana. Vivir es como escribir, colocamos una palabra detrás de la otra hasta que tenemos en las manos un texto terminado; no hay otra manera de trabajar exitosamente que la repetición convencida de acciones que sabemos de antemano funcionan. Si no funcionan, pues las cambiamos por otras que funciones, así de simple es todo esto.

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