Libres, radicalmente libres

No somos algo, estamos siendo algo. No estamos determinados por el pasado, ni avanzamos trágicamente hacia un destino: entre las circunstancias que nos rodean y nuestros actos se levanta un fuego poderoso, el de nuestra voluntad. Lo diré hasta que me muera, creo en esto, quiero encarnar esto en mi vida, quiero vivir y morir por esta idea luminosa de libertad absoluta y personal. Nunca es demasiado tarde, ni demasiado pronto; nunca lastra tanto el pasado el esfuerzo del que quiere nacer de nuevo, una y otra vez, como una flor de esperanza que se levanta desde un cúmulo de ruinas.

A mis años he visto a muchas personas renunciando a esto y no lo comprendo. Prefieren la seguridad de la costumbre, el paraguas protector de un sistema de creencias que han heredado de sus padres y abuelos, que no se atreven a cuestionar ni por asomo, ¿por qué? Se están condenando a una vida grisácea y pegajosa, al tedio y la amargura, a la desesperación final de quien ve de frente a la muerte con la culpa de no haber hecho, por cobardía o pereza, lo que era menester.

En cuanto a mí, que en mi caso es lo único que me importa porque es lo único sobre lo que tengo potestad, planeo llegar a la sepultura completamente roto, deshecho enteramente por haberlo dado todo, con convicción y temeridad, seguro de que no hay sentido alguno en reservarse nada, ¿para qué? Es en vano la precaución cuando tenemos sobre nosotros una doble certeza: moriremos y cometeremos errores.

No vengo a proponerme aquí como el más “macho” de los hombres, pero no quiero escamotearle una coma a lo que creo. Tengo miedo, sí, muchas veces, pero siempre me arrojo a ese vacío que es la vida, seguro de que algo se me habrá de ocurrir en la caída…y se me ocurre. Pasa algo: la vida es dinamismo puro. No hay derrotas ni victorias que permanezcan para siempre; así como cambia el clima, cambia también el color de los días, es decir, las circunstancias. Siempre vuelven las oportunidades para quien se mantiene alerta, para quien no se esconde debajo de la cama o huye a “salvarse” del mundo metido en una cueva, la cueva de su propio orgullo. Cervantes tenía razón: donde se cierra una puerta, se abren mil ventanas.

No sé qué pasará mañana, no me interesa. Sé lo que debo hacer hoy, eso me basta. Escribo esto en la cama, estoy enfermo y agotado después de una larga jornada; voy a enviar este mensaje y luego me dormiré para recuperar las energías y comenzar de nuevo antes de que salga el sol. Como el hombre de la parábola bíblica, voy a jugarme los talentos de acuerdo con mi inteligencia, esperando siempre lo mejor, aunque preparado en todo momento para el natural advenimiento de la derrota. Ni el aplauso me embriaga, ni el abucheo me derrota: sigo caminando, qué más, soy un hombre libre, un simple mortal, un peregrino de este hermoso y arduo camino por el que vamos todos. ¡Rendirse no es buen plan!

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