Esto nunca fue el futuro

Escribo este libro a mano, contrario a lo que es mi costumbre de usar todo el tiempo mi laptop. Hay una razón para esto: quiero que este sea el más honesto y personal de todos los textos que he escrito. Pido a Dios me conceda lograrlo.

Si estás leyendo este libro es muy probable que no te guste lo que ves cada mañana en el espejo. No me refiero a tu apariencia, que eso aquí es poco relevante, sino a tu mirada; en ella aparecen todos los años vividos, las horas idas, las expectativas que nunca consiguieron realizarse. Es decir, es muy probable que te encuentres en un momento de tu vida en el que el peso de los años vividos comience a ser un lastre que vuelve difícil la marcha de los días.

En ese espejo miras tu rostro como en un pozo al que te asomas buscando una respuesta: ¿Dónde han quedado todos mis sueños? ¿Cómo es que he llegado hasta este punto? ¿Era este el futuro que alguna vez visualicé en mi mente? ¿Esto es lo que se conoce como derrota? ¿Es esto lo que he de vivir el resto de mi vida? ¿Vale la pena hacerme estas preguntas? ¿Es esto lo que me toca vivir o todavía puedo cambiarlo?

Todas estas preguntas obedecen a una sola realidad: la pérdida de sentido. Con esto quiero decir que se ha perdido la noción de rumbo o de dirección en la vida; te encuentras como confundido, sin fuerzas y sin capacidad para comprender el mundo que te rodea. No hay una brújula interior que te indique para dónde hay que caminar, hacia dónde debes dirigir tus energías. Por otro lado, esa pérdida de sentido implica también la ausencia de toda razón, lo que comúnmente se conoce como sinsentido o absurdo; por ello es que  por más esfuerzos que hagas no alcanzas a encontrar la punta de la hebra de esa madeja enredada que son tus días. Por último, la ausencia de sentido tiene que ver con la insensibilidad o adormilamiento de tu persona; entre la vida y tú mismo se ha levantado una especie de muro impalpable que te genera una sensación de separación o dolorosa distancia insalvable. La experiencia de la vida ya no te provee ese cúmulo de sabores que solías experimentar cuando eras más jóvenes. Tal es la condición de tu agobio, por eso luchas por reconocerte. Te falta el aire: estas muriendo.

De entre todas las emociones negativas que te agobian, seguramente la más severa sea la de sentir que no has podido expresar todavía una verdad profunda que te acompaña desde hace mucho tiempo. Esto genera en ti una enorme frustración que no hace sino amplificar la confusión desesperante en que se ha convertido tu vida, sobre todo durante algunos momentos del día: al despertar, al esperar que el semáforo cambie del rojo al verde o en esos instantes de absoluta soledad con uno mismo que anteceden el sueño.

¿Qué vida puede ser aquella en la que la persona no tiene voz para expresar libremente aquello que lo inunda por dentro? Ciertamente no una vida en la que uno se sienta cómodo. Es que somos esencialmente seres comunicadores, animales de proyectos continuos; cuando las puertas que nos conducen al otro se encuentran selladas, nuestra vida languidece, como les sucede a las plantas a las que no les permiten el acceso al aire fresco o a la energía que viene con la luz del sol. Reestablecer un contacto profundo con los demás es un asunto de vida o muerte.

Cuando esto sucede, regularmente no nos percatamos de la causa de todo este desbarajuste emocional. Carecemos de los recursos intelectuales suficientes para comprender todas esas cosas que nos pasan; esto me recuerda la adolescencia, que también implica una ruptura entre las posibilidades concretas de la persona y su entorno. Lo más sencillo es siempre “echar balones fuera”, así que tendemos a culpar a los demás: ellos son los que no nos comprenden. ¿Quiénes son ellos? Todo el mundo, comenzando con los más próximos a nosotros: la familia.

El malentendido se prolonga a lo largo de los días, las semanas, los meses y los años. Es un círculo pernicioso que muy bien se puede prolongar a lo largo de toda una vida. Lo diré desde este momento para que quede claro: aquí el único responsable eres tú mismo, por eso es por lo que este libro va dirigido a ti y no a los demás. Ser adulto es darse cuenta de esta verdad, asumirla y trabajar para que las cosas cambien. De esto van todas estas páginas, de la posibilidad de realizar cambios fundamentales en nuestra vida. Así de simple y de complejo, así de maravilloso.

Estamos, pues, frustrados, ignoramos que somos responsables de esta situación confusa en la que nos encontramos, por si fuera poco, tendemos a encerrarnos cada vez más en la realidad asfixiante de nuestro mundo interior. Así la cosa.

Esto que voy describiendo es la realidad de millones de personas que van sobreviviendo, decantando en su interior una ponzoña que terminará tarde o temprano por matarlos.

A pesar de este escenario tan desolador yo creo que esta “crisis del espejo” es una enorme posibilidad que no podemos dejar pasar. Me explico: saber que la realidad que estamos viviendo es dolorosa nos impulsa a realizar cambios; es como el dolor que nos provoca un objeto punzante o el fuego. Es un sistema de alerta diseñado para protegernos. Lo mismo podemos decir del asco existencial, aunque no todos seamos conscientes de ello.

Frente a la crisis podemos optar, pues, por la indiferencia (el camino que inexplicablemente elige la mayoría) o, por lo contrario, decidir reaccionar con coraje y honor, como lo haría todo aquel que conoce la importancia que tiene su vida para sí mismo y para los demás. En el siguiente apartado hablo de los derrotados, los débiles que asumen sin queja el horror que ellos mismos han creado.

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